A
diario
y de forma práctica debemos ser conscientes del momento en que, de forma natural, nuestro nivel de activación es el más adecuado para la actividad física.
• Por ejemplo, si la sesión de
entrenamiento se sitúa a última hora de la tarde o noche, es posible que dependiendo del carácter de la actividad pueda darse el caso que no podamos conciliar bien el sueño, aunque muscularmente estemos agotados. Esto se debe a la excesiva producción de de neurotransmisores como la adrenalina, que mantienen el sistema nervioso excesivamente activado. Una vez reconozcamos este hecho tenemos varias posibilidades : o bien realizamos el
entrenamiento más pronto, o inmediatamente después de la sesión prepararemos una fase de vuelta a la calma mucho más prolongada y extensa (de alrededor de unos 30 minutos), de tipo psicodinámico (estiramientos, yoga, tai-chi,
ejercicios
respiratorios…), para terminar de “gastar” los excedentes excitatorios. Esta fase será más prolongada cuanto más intenso y activo sea el
entrenamiento anterior.
• Otra variable en la identificación de nuestro funcionamiento psicobiológico es observar si somos de tipología diurna o nocturna. En el primer caso, nos levantamos pronto, animados y con energía, preparados para realizar y situar el peso específico de nuestra actividad por la mañana y al medio día, reduciéndose nuestra disponibilidad energética paulatinamente hasta la hora de irnos a dormir, que situaremos lo más pronto posible. Si somos de tipología nocturna, nos cuesta levantarnos y nos sentimos mucho más activados por la tarde noche, siendo reacios a irnos a dormir pronto, identificando este parámetro nos ayudará a situar la sesión del
entrenamiento cuando el nivel de activación sea el máximo. Todo esto es importante incluso para optimizar el aprendizaje, situar y optimizar la alimentación y el descanso, y también para alterar lo menos posible el ciclo de sueño vigilia